Expansión de Horizontes de James A. Long
Theosophical University Press Online Edition

El Hombre Sobrevivirá

Una carta de un amigo expresa el sentimiento de que le parece a él que se está desenvolviendo un campo hacia una finalidad más profunda, un reto indefinible pero claramente sentido, no sólo por unos cuantos individuos aquí y allá, sino también por la humanidad en general, como si estuvieran obligados a hacer y ser más y más allá de todo lo que hemos hasta aquí alcanzado. Dice que entre sus asociados en los negocios había notado una creciente rebelión contra el viejo tipo de duro materialismo y un determinado (aunque tal vez no claramente reconocido) esfuerzo por alcanzar algo más allá de lo que hasta aquí han entendido. Pero añade que a pesar del sentimiento de optimismo corriente entre muchos, finalmente vencerán la decencia y lo correcto aunque haya bastante temor y confusión, y que muchos se están preguntando cómo prepararse para lo que ellos sienten que puede desarrollarse.

No se nos ha hecho saber exactamente lo que está por delante; en efecto, sería una situación arriesgada para cualquiera de nosotros el poder discernir el futuro en detalle. La razón protectora es obvia, pues por el momento uno cree que sabe exactamente lo que va a pasar; empieza, sin saberlo, a prepararse para ello, externa u objetivamente; y al hacerlo así es posible que no se prepare interiormente. Crea invariablemente posibilidades imaginarias que llegan a ser obstáculos innecesarios contra la dirección intuitiva natural, que de otra manera habría sido suya para ayudarle a confrontar cada evento según llegase, y no antes.

¿Entonces cómo podemos prepararnos para el futuro? No podemos prepararnos para éste o aquel evento, porque no sabemos qué ocurrirá mañana o pasado mañana o de hoy en un año. Pero sí podemos establecer nuestras vidas sobre un fundamento sólido de principio, cualesquiera que sean nuestras opiniones religiosas o filosóficas, y tratar de vivir la esencia de nuestra herencia espiritual, no importa el tipo de experiencia que nosotros o las naciones del mundo hayamos de enfrentar. Nuestra conciencia reaccionará automáticamente con la calidad precisa de pensamiento y acto exigidos para cualquier eventualidad que guarde el futuro.

Además, por todos los ciclos de desarrollo humano, en cada país y en cada edad, ha habido y hay, hoy día, individuos desconocidos no puestos a la publicidad, que hacen sentir sobre los destinos de sus naciones respectivas su influencia callada, pero potente. Ellos no obran con esperanza de provecho o de reconocimiento personal, sino solamente para que siempre prevalezcan la justicia y la libertad. Rara vez, o nunca, sabemos nada de ellos; y es posible que haya algunos de ellos completamente inconscientes de la extensión o profundidad de su tarea, sin preocuparse por saber a quién sirven, y para qué buenos fines trabajan. ¿Pero no es éste uno de los modos en que los Guardianes de la humanidad descubren, aceptan y preparan nuevos "trabajadores en los campos"?

Aquellas grandes almas que tienen la responsabilidad de la iluminación del hombre y su amparo, ahora y en el futuro, están seguramente tan activos en su auxilio hoy, como siempre lo han estado. Si pudiéramos aprender suficiente de su visión para vislumbrar, aún un poco, el significado interior de su empresa, sabríamos que abarca todo ramo de experiencia. Y aunque no podemos discernir las actividades específicas de estos benefactores silenciosos, podemos sentir su impacto en el pensamiento del mundo. Libros y revistas, aun la prensa diaria, muestran una tendencia creciente a una expresión más libre y clara de aquellas Ideas innatas que son la fuente y origen del tesoro de sabiduría del mundo. Ahora, una vez más, están entrando en posesión de lo suyo estas ideas, pero no sin una lucha, pues mientras más fuerte es el impulso hacia la liberación, más actúan las fuerzas opuestas. Aún así la misma intensidad de la oposición, de parte de los que mantendrían en cadenas al espíritu humano, canalizando a un modo de pensamiento y aspiración prescrita, atestigua la fuerza creciente de aquéllos que laboran por el progreso de la raza. En el crisol de la conciencia del hombre está sucediendo una poderosa alquimia, mientras que la profecía de hace casi un siglo está siendo cumplida ante nuestros ojos:

Tuvo razón Platón: en el mundo gobiernan las ideas; y, en la medida en que las mentes humanas reciban nuevas ideas, abandonando a las viejas y estériles, el mundo avanzará: poderosas revoluciones saltarán de ellas; credos y aun potestades se derrumbarán ante su marcha progresiva, quebrantados por su fuerza irresistible. Sería tan imposible resistir su entrada, cómo detener el progreso de la marea, cuando llegue su tiempo. Pero todo esto vendrá gradualmente, y antes de que venga, nosotros tenemos delante un deber: el de barrer tanto cuanto sea posible la hez que nos legaron nuestros piadosos antepasados. Tienen que implantarse nuevas ideas en sitios limpios, pues éstas tocan tópicos muy trascendentales.
No son los fenómenos físicos, sino estas ideas universales las que estudiamos, pues para comprender aquéllos, hemos primero que entender éstas. Ellas tocan la verdadera posición del hombre en el universo, en relación con sus nacimientos previos y futuros; su origen y destino final; la relación de lo mortal con lo inmortal; de lo provisional con lo eterno; de lo finito con lo infinito; ideas más amplias, más grandes, más comprensivas, reconocen el reino universal de la Ley Inmutable, inalterable e invariable respecto a que sólo hay un Eterno Ahora, mientras que para los mortales no iniciados, el tiempo es pasado o futuro relacionado con su existencia finita en esta partícula material de barro. — K.H.*
————————-
*De la colección de las Cartas de los Maestros, guardadas en el Departamento de Manuscritos Selectos de la Biblioteca Británica.

Y asegurando todo esto está la ansiada esperanza de que, algún día, una verdadera "Fraternidad Universal" abarcará a toda la humanidad.

Los que profesamos tener un sincero deseo de contribuir con nuestro óbolo al mejoramiento del hombre debemos preguntarnos: ¿estamos interesados solamente en la luz que estas grandes ideas pueden verter sobre nuestro propio medio ambiente limitado, o estamos persuadidos de vivir y trabajar para que el sol de la Verdad alumbre en las almas de todos los hombres en todas partes?

Muchas personas hoy están pensando acerca de estas amplias e ilimitadas ideas, clérigos y científicos, educadores y escritores, hombres de negocio y madres de familia, tratan de unir las sugerencias dispersas que han estado desde hace siglos cubiertas con el polvo de la exactitud literal. Es posible que pocos de nosotros podamos entender "la verdadera posición del hombre en el universo" o nuestra relación con "sus previos o futuros nacimientos"; pero todos responderemos a la verdad de nuestro origen en la Divinidad, a la demanda de nuestro triunfo final sobre el peso de la existencia material, a medida de que tome posesión la fuerza de nuestro espíritu. Pero si sólo un puñado de hombres y mujeres, en cualquier parte del globo y de cualquier religión o de ninguna, pudiesen liberarse de lleno del influjo avasallador de "lo viejo y lo estéril," no es posible prever qué efecto extraordinario esto tendría sobre las generaciones futuras.

La fuerza emancipadora de estas ideas cósmicas está tomando ímpetu. Cuándo y dónde llegará a su cúspide, nadie puede decirlo. Pero si tiene razón mi conjetura, su expresión sobrepasará cualquier cosa que haya ocurrido en la historia de la civilización. No será proclamada con palabras ni con el sonido de trompetas; no necesita el lenguaje del alma palabras ni símbolos ruidosos. Pero podemos estar seguros de que si el llamamiento interior de la humanidad continúa aumentando en volumen, un concepto de la vida enteramente nuevo encontrará manifestación en parajes elevados y humildes.

Todo esto suena muy bien, dice usted; ¿pero cómo nos ayudará esto a confrontar nuestros problemas de aquí y ahora? Es posible que no nos sentiríamos tan desorientados si pudiéramos darnos cuenta de que no es el hombre una especie aislada, sino que es parte de una etapa cósmica de desarrollo en la cual está incluido el universo entero. Cuando nos dicen los astrónomos que nuestro propio sistema solar es sólo uno de trillones en el espacio y, entre los billones incontables de sistemas planetarios girando alrededor de sus soles centrales particulares, que innumerables de éstos bien pueden ser "portadores de vida," están llegando al mismo centro del misterio del desenvolvimiento. ¡Ello quiere decir que los habitantes de aquellos planetas y estrellas también deben, como nosotros los seres humanos, ser dioses en su parte más recóndita, albergándose en templos de materia!

Si pudiéramos observar la corriente de la historia desde los comienzos más primitivos de la evolución de un universo, que incluye el origen del hombre, tanto como los reinos superiores e inferiores a él, veríamos el avivamiento de múltiples formas por la Divinidad, y el despertar simultáneo del aspecto material de la Naturaleza; cómo busca la chispa de vida vehículo tras vehículo en qué incorporarse. Simplemente expresado, impregna el Espíritu a la Materia envolviéndose en grado creciente, dentro de cuerpos hasta llegar al punto más denso de su ciclo; entonces oscila el péndulo hacia arriba y emerge otra vez el Espíritu, haciendo que la materia pierda su dominio.

Por supuesto, esa es una visión muy amplia, pero es significante que en cada tradición antigua se encuentra la misma "idea." En esto debe haber una razón práctica, porque a medida de que estudiamos más su filosofía tras de ella, es mayor el peso que parece tener en nuestro desarrollo personal.

Pensemos en nosotros, por el momento, no como seres humanos, sino como divinidades, chispas divinas, progresando desde el alba de la "creación" a lo largo de nuestro vasto peregrinaje, a través de la existencia material, hasta llegar a ese punto crítico cuando el Hombre, como le conocemos hoy, hubo de nacer. En verdad, estábamos compuestos de Espíritu y Materia, de la chispa divina y de cuerpo. Pero todavía no teníamos consciencia de nosotros mismos. Encontramos aquí que el Espíritu, de una manera única fundido con la Materia para producir un tercer elemento: el fuego de la Mente. De seres humanos infantiles meramente subsistiendo en el Paraíso Terrenal nos convertimos en "almas vivientes" conscientes, distinguiendo el Bien del Mal y reconociendo de manera innata que de ahí en adelante tendríamos que soportar la dureza de una disciplina autoimpuesta sobre nosotros mismos, mientras forjábamos nuestro camino hacia la Deidad. Y aquí es donde nos encontramos en la actualidad: producto de espíritu y materia, somos en verdad dioses en esencia, ¡pero en cuanto se refiere a nuestra evolución, todavía estamos en nuestra fase

humana!

Podemos entonces ver que estas verdades, que nos fueron proporcionadas al principio de nuestro ciclo racial presente, siguen siendo tan vigentes y fortalecedoras como fueron siempre, y se mantendrán válidas hasta que no alcancemos un nivel superior de desarrollo. Al ser éste el caso, nos corresponde informarnos acerca de cuáles son esas verdades y cómo adaptarlas a nuestras vidas. Son la base de las filosofías antiguas de la India, Grecia, Persia, Egipto y China, de las tradiciones Escandinavas y Germánicas, y de las Américas antiguas; ciertamente forman el corazón y el centro de las enseñanzas del Maestro Jesús. Una vez que experimentemos su valor práctico espiritual, no necesitaremos conocer con nuestros cerebros lo que nos espera más allá de la próxima curva del camino. Estaremos preparados interiormente para enfrentar cualquier exigencia.

Está progresando el mundo tan tempestuosamente, y están cambiándose con tanta rapidez las sicologías y los conceptos mentales, que es difícil mantenerse en equilibrio. Pero eso es exactamente lo que debemos hacer. Y si los tiempos están exigiendo que la humanidad dé otro paso adelante y que estemos arriba y más allá de lo que nunca antes habíamos alcanzado, ¿por qué debemos eximirnos usted y yo? Ninguno de nosotros está separado ni aparte del karma de la raza. Somos carne y hueso de la ola vital humana que está luchando; y a medida de que resistimos nuestras propias tormentas de la personalidad y hacemos frente con valor a nuestras angustias y pruebas particulares, así afectaremos para siempre el clima mental del mundo.

La paradoja es que el mismo impacto de las tensiones globales nos está proporcionando el justo escenario esencial para el progreso, la oportunidad de desarrollar una cualidad más profunda de confianza espiritual en nosotros mismos. Por tanto, no debe haber ningún intermediario entre la voluntad de crecer del hombre y la chispa divina interna. Ni sacerdote, ni amigo, ni ningún ideal, por noble que sea, debe interponerse entre nosotros y nuestro Dios, pues cualquier cosa a la que nos apeguemos egoístamente obstruirá la dirección natural interna. Todo lo que podemos hacer es tratar de vivir a plena capacidad nuestra comprensión de aquellos principios espirituales universales que han pasado la prueba del tiempo, pero no podemos arriesgarnos a recetar a otro, la manera de aplicar esa sabiduría acopiada, a su propia vida. ¿Pues quiénes somos nosotros para decir que nuestro concepto de lo bueno e inegoísta es correcto para alguien más? Él solamente debe juzgar eso. Por eso es que el desarrollo es primariamente un asunto individual, un progreso perpetuo del alma según avanza de lo menor a lo mayor, del egoismo al altruismo, de la obscuridad a la luz.

Ninguno de nosotros debemos mirar hacia atrás, ni lateralmente, ni en cualquier otra dirección excepto hacia adelante. Si permitimos que nuestra atención e interés se desvíen, aun por un breve momento, del sendero recto que ha señalado para nosotros nuestro Yo inmortal, que equivale en pocas palabras a la adhesión de lo que interiormente percibimos como honrado y verdadero y para el beneficio de todos, en vez de sólo para nosotros, corremos el riesgo de que nuestros ideales, nuestra devoción, aun nuestro amor por lo más elevado que quisiéramos servir, se transforme en sal. Como lo expresó a sus discípulos el Maestro Jesús: "Acordaos de la mujer de Lot. Todo aquél que quisiere salvar su vida la perderá; y quien la pierda la conservará."

La confusión actual de ideales nos ha conducido a un período peligroso; no me refiero aquí a los riesgos de los cohetes, proyectiles, satélites ni bombas. Estos son síntomas, y síntomas alarmantes en manos de los voluntariamente destructores; pero ellos son solamente síntomas y no constituyen al Hombre. Si acaece la muy temida destrucción de la civilización, que yo sumamente dudo que ocurrirá, tendremos que confiar en la simple, pero omnímoda verdad que se puede destruir el cuerpo, pero que no se puede matar a la vida. El hombre sobrevivirá; hará frente y superará a cada cataclismo que le sea reservado, ya sea diluvio, fuego, o desde el espacio exterior, ¡o dentro de sí mismo!

Naciones y razas han, como tales, una y otra vez pasado fuera de la existencia, pero los egos que las habitaban encarnan de nuevo, en otras tierras y en otras estirpes raciales. Si podemos apreciar aquella visión más extensa, hasta donde nos sea posible como seres humanos, esto no eliminará los peligros, pero nos ayudará a enfrentar con fortaleza todo lo que venga.

Así, pues, tomemos ánimo y asociémonos con aquellos individuos clarividentes y fuertes que en cada país están trabajando calladamente para mantener las ruedas del progreso humano en movimiento, hacia adelante.


Contents